miércoles, 13 de julio de 2022

La simpleza de la muerte


 

A veces menos es más, como en el último espectáculo de Rosario Imagina, “Aquella vez. Mañana será otro día'', la obra escrita por RodyBertol y dirigida por Viviana Trasierra, que tan solo cuenta con dos intérpretes (Gustavo Maffei y Mariana Pevi) y una escenografía minimalista. Esta es la primera parte de una trilogía escrita por Rody. El drama es una especie de “Fantasmas de Scrooge”,de Charles Dickens, moderno y rosarino. Guiada por una mujer que podría ser un fantasma, la historia es un recorrido por lo que fue la vida del protagonista haciendo hincapié en las distintas muertes que le tocaron vivir y que lo marcaron. “Cada persona es un cementerio” es una frase de la obra, que gira en torno a eso: el conmovedor cementerio que es el protagonista.

Es un hermoso tributo a la mamá de Rody, que falleció de Covid-19, para reflexionar sobre la vida y la muerte, más en estos tiempos de tránsito por una pandemia que provocó muchos fallecidos y cambió la manera en la que se vive el presente.

La obra no cuenta con una escenografía cargada ni mucho menos, se podría decir que es minimalista en ese sentido: tan solo se compone de una alfombra y una campana. El resto es arte del juego de luces y sonido. La simpleza del montaje es adecuada. Si hubiera más elementos en puesta estorbarían y sin dudas no aportarían a la obra. Muchas veces en los espectáculos se ponen elementos para rellenar que carecen de sentido. No es el caso de “Aquella vez''.

Los intérpretes cargan con todo el peso de la obra, de igual manera logran ejecutar su trabajo bastante bien. En ningún momento se vuelve pesado para la audiencia y la mantienen atrapada en todo momento. Se nota que hay gran ensayo detrás pues la coordinación entre ellos es muy buena. Mariana Pevi tiene gran capacidad para transmitir emociones. A Gustavo Maffei le falta solo un poco más para hacer emocionar al final, pero en general logra transmitir muy bien lo que siente el protagonista, sobre todo en la escena del amigo.

En sí la historia es entretenida. Si bien al principio cuesta un poco entender de qué va, luego se va clarificando la situación. Es un drama que hace reflexionar sobre las muertes que se atraviesan en la vida. En partes la obra se llega a sentir en carne propia. Además, trata temas interesantes y en agenda estos días como la depresión, los femicidios y el suicidio.

Con un fantástico juego de luces y sonidos, que demuestran que no es necesario tanto cachivache para dar un espectáculo despampanante; y una temática trillada como la muerte, pero desarrollada de una forma original, que conmueve al espectador desde la primera escena, el grupo local Rosario Imagina se luce una vez más y deja grandes expectativas para el futuro de la trilogía de la que es parte “Aquella vez. Mañana será otro día”.



Lara Rosales

 

Entre sombras y poesías


 Dentro del ciclo de obras teatrales “Sobre Ángeles, Demonios y Fantasmas” se presenta en el Centro de Expresiones Contemporáneas “Aquella vez. Mañana será otro día”. Con carácter autobiográfico, el dramaturgo Rody Bertol cuenta diferentes
historias atravesadas por la pérdida y la ausencia física, el dolor y la memoria, todas conectadas por un hilo de amor y la necesidad de los vínculos afectivos interpersonales. La obra se caracteriza por la riqueza y extensión del guion, actuaciones que acompañan el drama del mismo y sencillez en recursos escenográficos y técnicos.


Vocablos complejos que configuran oraciones extensas, las cuales entrelazadas, dan lugar a un gran discurso, que se aleja significativamente del uso cotidiano del lenguaje. Dichos recursos, sobre los que se basa el guion, logran una pieza sumamente poética que contribuye a la esencia dramática de la trama. A su vez, requiere un público totalmente involucrado, con su atención casi incesante, lo cual no es una tarea sencilla para llevarla acabo con éxito.

La riqueza de la letra es escoltada por la interpretación de los intérpretes. En ciertos momentos donde la atención del público corre riesgo de desvanecerse ante los versos, las actuaciones de Gustavo Maffei y Mariana Pevi funcionan como un atractivo rescate de la misma.

Valiosos gestos faciales, expresiones corporales llamativas, silencios dramáticos, miradas directas hacia el espectador y, particularmente, un destacable uso de la voz, transmiten eficazmente el sentido doloroso, melancólico y reflexivo de cada historia. El guion abarca toda la duración de la obra, casi no hay escenas sin letra. Sin embargo, el actor y la actriz logran proyectar sus palabras de principio a fin, generando sonidos, matices y volúmenes diversos, modulando correctamente cada una de sus complejas sílabas, permitiendo la comprensión del texto, inclusive en los susurros, gritos, actuando de espaldas o lejos del público.

Por otro lado, ciertos recursos técnicos aplicados también funcionan como guías organizadoras de la narración y captadores de atención. Tal como la división de los actos marcada por el sonar de una campana y la repetición de una frase, los personajes involucrando a su público alumbrándolos directamente, por un momento, con una potente linterna, la variación del volumen de la música y la iluminación tenue que transporta a un “espacio en el recuerdo”. Con respecto a esta última, cabe destacar un pequeño detalle: las luces de mayor presencia se encuentran sobre un lateral de la escena, generando una nueva obra de sombras contra la inmensa pared, que hace lucir la silueta de los vestuarios y los movimientos coreográficos de las interpretaciones de una forma tan abstracta como atractiva. Incluso podría considerarse que aquel muro paralelo ilustra ese “más allá” al que se hace referencia en los relatos.

Con respecto a la puesta escenográfica, se hace valer “la nada misma”. Simplemente una campana y una alfombra funcionan tanto como excelentes representantes del vacío y la soledad de la que trata la obra, como así también dejan espacio a la imaginación y a la proyección de la experiencia personal del espectador en la escena. El vestuario compuesto de viejos retazos, da la sensación de “quedado en el pasado” y complementa el sentido del libro.

“Aquella vez. Mañana será otro día” es una obra cargada de sentimiento que implica, más allá del dolor, una reflexión sobre la vida presente atravesada por hechos pasados. Narra situaciones desgarradoras y es lanzada en un contexto y en una sociedad especialmente sensible a la muerte, a la enfermedad y a la soledad.


Martina Bocca


La simpleza de la muerte

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