historias atravesadas por la pérdida y la ausencia física, el dolor y la memoria, todas conectadas por un hilo de amor y la necesidad de los vínculos afectivos interpersonales. La obra se caracteriza por la riqueza y extensión del guion, actuaciones que acompañan el drama del mismo y sencillez en recursos escenográficos y técnicos.
La riqueza de la letra es escoltada por la interpretación de los intérpretes. En ciertos momentos donde la atención del público corre riesgo de desvanecerse ante los versos, las actuaciones de Gustavo Maffei y Mariana Pevi funcionan como un atractivo rescate de la misma.
Valiosos gestos faciales, expresiones corporales llamativas, silencios dramáticos, miradas directas hacia el espectador y, particularmente, un destacable uso de la voz, transmiten eficazmente el sentido doloroso, melancólico y reflexivo de cada historia. El guion abarca toda la duración de la obra, casi no hay escenas sin letra. Sin embargo, el actor y la actriz logran proyectar sus palabras de principio a fin, generando sonidos, matices y volúmenes diversos, modulando correctamente cada una de sus complejas sílabas, permitiendo la comprensión del texto, inclusive en los susurros, gritos, actuando de espaldas o lejos del público.
Por otro lado, ciertos recursos técnicos aplicados también funcionan como guías organizadoras de la narración y captadores de atención. Tal como la división de los actos marcada por el sonar de una campana y la repetición de una frase, los personajes involucrando a su público alumbrándolos directamente, por un momento, con una potente linterna, la variación del volumen de la música y la iluminación tenue que transporta a un “espacio en el recuerdo”. Con respecto a esta última, cabe destacar un pequeño detalle: las luces de mayor presencia se encuentran sobre un lateral de la escena, generando una nueva obra de sombras contra la inmensa pared, que hace lucir la silueta de los vestuarios y los movimientos coreográficos de las interpretaciones de una forma tan abstracta como atractiva. Incluso podría considerarse que aquel muro paralelo ilustra ese “más allá” al que se hace referencia en los relatos.
Con respecto a la puesta escenográfica, se hace valer “la nada misma”. Simplemente una campana y una alfombra funcionan tanto como excelentes representantes del vacío y la soledad de la que trata la obra, como así también dejan espacio a la imaginación y a la proyección de la experiencia personal del espectador en la escena. El vestuario compuesto de viejos retazos, da la sensación de “quedado en el pasado” y complementa el sentido del libro.
“Aquella vez. Mañana será otro día” es una obra cargada de sentimiento que implica, más allá del dolor, una reflexión sobre la vida presente atravesada por hechos pasados. Narra situaciones desgarradoras y es lanzada en un contexto y en una sociedad especialmente sensible a la muerte, a la enfermedad y a la soledad.Martina Bocca

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